En la ocasión empezamos la difusión de las disertaciones de los parlamentarios que hicieron uso de la palabra en la sesión especial de la Comisión Permanente del Día Internacional de Conmemoración en memoria de las Víctimas del Holocausto, que se realizara el pasado 27 de enero. Iniciamos con la presentación de la sesión por parte de la Presidenta de la Comisión, Senadora Amanda Della Ventura (FA) y con la oratoria del Diputado Daniel Martínez Escames (PN).
SEÑORA PRESIDENTA.- La Comisión Permanente ingresa a la consideración del único punto del orden del día: «Adhesión al Día Internacional de Conmemoración Anual en Memoria de las Víctimas del Holocausto» que, como todos los años, la Comisión Permanente lleva adelante.
Saludamos la presencia de autoridades nacionales e integrantes del cuerpo diplomático; también, a los señores miembros de la comunidad judía uruguaya que nos acompañan, a las autoridades del Comité Central Israelita del Uruguay, Gerardo Stuczynski y Roby Schindler y del Centro Recordatorio del Holocausto y Museo de la Shoá de Uruguay, señoras Rita Vinocur y Sandra Veinstein, y a las autoridades y los integrantes de las comunidades judías de todas las instituciones presentes. Destacamos especialmente la presencia de los jóvenes y su rol preponderante en la conservación de la memoria. También queremos resaltar el apoyo que, como siempre, nos ha dado la directora ejecutiva del Comité Central Israelita del Uruguay, Gabriela Fridmanas.
Sean todos y todas bienvenidos.
Antes de comenzar con la lista de oradores, desde la Mesa, y también como legisladora que soy, quiero expresar mi solidaridad. Estos trágicos hechos que hoy vamos a recordar afectaron a los judíos no solo de aquellos tiempos, sino también a las generaciones actuales. A lo largo de mi vida todos estos hechos de alguna forma me han impactado y dolido mucho.
Tiene la palabra el señor legislador Martínez.
SEÑOR MARTÍNEZ.- Me hago eco de los saludos de la señora presidenta y destaco especialmente la presencia de la señora vicepresidenta de la república y presidenta del Senado, escribana Beatriz Argimón.
Me voy a referir a uno de los acontecimientos más desgarradores y abominables de la historia, el genocidio del pueblo judío, el Holocausto judío, para unir mi voz en contra de la artera campaña que se inició con el fin de desacreditar, de minimizar, el horror que vivieron los judíos; campaña que, con oscuros fines que me voy a mencionar más adelante, intenta revocar o hacer desparecer de la consideración de los hombres el término Holocausto, es decir, el intento de destrucción total del pueblo judío a mano de los nazis.
Tengo el orgullo de ser heredero y alumno de grandes blancos que me enseñaron a valorar al pueblo judío, entre otros, el expresidente Luis Alberto Lacalle Herrera; el actual ministro del interior, Luis Alberto Heber; el senador Gustavo Penadés, y nuestro presidente, Luis Lacalle Pou. Ellos han sido adalides en el reconocimiento de los judíos en lo nacional y en lo internacional, participando en múltiples actividades, como la Conferencia Mundial contra el Racismo, la Discriminación Racial, la Xenofobia y las Formas Conexas de Intolerancia y la Marcha por la Vida que se realiza desde Auschwitz hasta Birkenau. Además, han estado siempre de las celebraciones judías en el Uruguay, como la recordación de la Noche de los Cristales Rotos o la Ceremonia Central del Día del Recuerdo del Holocausto y el Heroísmo.
Alentado, entonces, con esas guías, debo empezar por explicar por qué privilegio la denominación de pueblo para referirme a todos los judíos, sin distinción de credo religioso ni de opción política o ideológica, vivan en Israel o formen parte de la gran diáspora que los tiene dispersos por el mundo. Lo hago así, señora presidenta, porque estoy convencido de que los judíos son antes, y más que nada, un pueblo, un gran pueblo en el sentido sociológico, es decir, una colectividad unida por un sentimiento de pertenencia a un grupo humano, a una cultura que reconoce descender genética o espiritualmente de los mismos antepasados, unidos por tradiciones compartidas que desde la antigüedad se han distinguido por su sentido de tener un origen, unos valores y una historia comunes, más allá de los avatares que vivieron en todos los tiempos. Esto se ve reafirmado por un análisis de exclusión que nos indica que los judíos no forman parte de una nación, de un país, no están unidos por una religión y, por sobre todo, no son una raza. No están unidos por una religión, pues hay muchos judíos que se reconocen como tales y son ateos. No forman parte del país Israel, de la nación israelí, pues solo 6:800.000 son ciudadanos de Israel de los casi 15:000.000 de judíos que se reconocen como tales en todo el mundo.
Me importa destacar que no existe la raza judía; esa lamentable concepción dio origen al Holocausto del pueblo judío. Ha sido demostrado que raza como concepto biológico no existe; es solo una construcción histórico-social elaborada por intereses de dominación y poder, que en el caso del pueblo judío ha permitido su persecución durante su larga historia mediante procesos de exilio, de esclavitud y, por último, de genocidio durante el régimen nazi. Fueron esclavos en Egipto primero; exiliados en Babilonia en los años 600 antes de Cristo; dominados por los persas, por los griegos y luego por los romanos, y posteriormente exiliados, después de que Jerusalén y su templo fueran destruidos por los romanos en el año 70 después de Cristo y enviados en dispersión por el mundo dominado por Roma. Luego, las persecuciones contra los judíos llegaron a un nivel máximo cuando Hitler, con la Alemania nazi, intentó exterminarlos. Solo el hecho de que hubiera personas que se identificaran como judíos después de cientos de años sin una patria es realmente extraordinario, hasta que, en 1948, a través de las Naciones Unidas, los judíos vieron el increíble renacimiento de Israel como Estado moderno y lograron tener nuevamente una patria después de la que constituyó el Reino de Judá, unos mil años antes de Cristo.
Tal vez la causa de ese milagro de persistencia en la historia, de tenacidad en la lucha por mantener una identidad sin territorio que uniera se encuentre en los propios sufrimientos, en los martirios que padecieron los judíos en todos los tiempos. Tal vez se encuentre en que el pueblo judío ha logrado existir a lo largo de tantos siglos, en épocas de armonía y en épocas de persecución y tortura. Tal vez, también, porque los judíos se consideran parte de la misma familia y están dispuestos a apoyarse, a ayudarse y a luchar por aquello que los mantiene unidos.
Las palabras de León Tolstói ‒que no era judío‒ expresan mejor que yo mi pensamiento. Decía el genial ruso: «El judío representa el emblema de la eternidad. Él es quien ni la masacre ni la tortura durante miles de años pudo destruir; él es quien ni el fuego ni la espada ni la Inquisición pudo borrar de la faz de la Tierra». Ese sentimiento de pertenecía a un mismo pueblo, ese amor propio de una familia que defiende con uñas y dientes a todos los que se sienten como miembros es lo que quiero destacar antes de entrar al análisis de su Holocausto del siglo XX.
Esos son los valores que me hacen admirar y respetar al pueblo judío, y son esa admiración y ese respeto los que me impulsan a desenmascarar a quienes pretenden menospreciar su último sufrimiento: su Holocausto. Son varias las causas que se han esgrimido para explicar esta infamia. La primera es la del resurgimiento de diversas formas de ideología nazi, del neonazismo, que campea en varios países, aunque en forma minoritaria, gracias a Dios. La segunda es que ese desprecio, esa negación del Holocausto judío forma parte de la lucha con la que varios sectores de la izquierda universal, que adhiere a la que llaman causa Palestina, pretenden debilitar al pueblo judío de todos los modos posibles y no soportan lo que consideran un motivo de su prestigio, como es que el 1.° de noviembre de 2005 las Naciones Unidas hayan designado al 27 de enero de cada año como Día Internacional de Conmemoración anual en memoria de las víctimas del Holocausto, en recordación de la liberación de Auschwitz, que se produjo ese mismo día del año 1945.
En lo personal, señora presidenta, me es indiferente reconocer cuál puede ser la causa de la negación del Holocausto judío; es más, tiendo a pensar que pueden ser las dos mencionadas, pues no sería la primera vez que el comunismo internacional une sus fuerzas con alguna forma de nazismo, como lo hizo el 23 de agosto de 1939, en el pacto negociado por el ministro alemán de Relaciones Exteriores, Ribbentrop, y su par soviético, Molotov, y que pasara a la peor historia con el nombre de pacto nazi-soviético. Por ese acuerdo Estonia, Letonia, la parte oriental de Polonia y la Besarabia rumana caerían en manos de la Unión Soviética, y la parte occidental de Polonia en manos del régimen nazi alemán. Así fue que el 1.º de setiembre de 1939 el ejército germano invadió Polonia por el oeste y, dos semanas después, el ejército soviético lo hizo desde el este, ocupando Estonia y Letonia. Se ve claramente que ya en esa época ambos totalitarismos no le hacían asco a pactar si ello les permitía dominar según sus intereses. Sea como sea, en todo caso la negación del Holocausto judío constituye una distorsión deliberada de la verdad histórica. Por eso, señora presidenta, debemos reafirmar que el Holocausto constituyó un genocidio de la población judía de Europa, que tuvo lugar entre 1935 y 1945 y que fue ejecutado por el régimen nacional socialista alemán con la colaboración de gran parte de los Gobiernos europeos.
Quiero finalizar mi exposición de la mañana de hoy haciendo mías las palabras de Ana Jerozolimski, publicadas en Semanario Hebreo el 27 de enero del año pasado. Ella escribía: «El pueblo judío tiene el imperativo moral de recordar a sus hermanos asesinados. Y al mismo tiempo, siempre, advierte que las lecciones de la Shoá son universales y que la humanidad toda debe comprender a qué conduce la discriminación. El «Nunca más» no es sólo para el pueblo judío. Relativizar el Holocausto, dando a entender que «no fue para tanto», es tan pecaminoso como negarlo».
Muchas gracias, señora presidenta.